La ley del menor esfuerzo 

«Es importante entender que el cerebro aprende y funciona mejor cuando se usa el menor esfuerzo posible para llevar a cabo una tarea determinada. Durante miles de años, los maestros taoístas han hecho hincapié en este principio a través de su consejo de usar no más de 60 o 70 % de nuestra capacidad para llevar a cabo las prácticas físicas o espirituales. La ley psicofísica de Weber-Fechner demuestra una de las razones por las que esto es tan importante, ya que establece que «los sentidos se organizan para registrar las diferencias entre dos estímulos más que la intensidad absoluta del estímulo.» 

Cuando nos esforzamos «hacer» algo, cuando usamos más fuerza de la necesaria para lograr nuestros objetivos, generalmente todo nuestro cuerpo se tensa. Esta tensión hace que sea más difícil para el cerebro y para el sistema nervioso discernir los sutiles registros sensoriales necesarios para llevar a cabo nuestra intención de la forma más eficaz y creativa posible.La «ley del mínimo esfuerzo» no es, sin embargo, una licencia para la pereza.

 Nuestra salud, el bienestar y el crecimiento interior requieren de un equilibrio dinámico entre la tensión y la relajación, entre el yang y el yin

Estos dependen de la capacidad de saber, a través de nuestros sentidos internos y externos, qué es necesario y qué no lo es en nuestras realizaciones y acciones. Para poder percibirnos con claridad, debemos ser capaces de experimentar una parte, o una dimensión de nosotros mismos, que es tranquila, cómoda y libre de tensiones innecesarias. 

Es la sensación de registros sutiles que viene de ese lugar más relajado la que nos permite observar y liberar la tensión innecesaria en otras partes de nosotros mismos. 

En resumen, la acción eficaz requiere relajación. Pero esta relajación no debe ser un «colapso» de nuestro cuerpo o nuestra conciencia. Se parece más a la «relajación atenta» de un gato. Esta relajación atenta permite manifestar el grado adecuado de contracción – la tensión vital denominada ‘tono’ «.

Extraído del libro The Tao of Natural Breathing, por Dennis Lewis

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